Tirar de la palanca minimiza el daño total y maximiza el número de vidas salvadas.
Cuando la tragedia es inevitable, la ética práctica nos pide reducir el mal evitable. En el dilema clásico (cinco frente a uno), la aritmética moral de la imparcialidad indica que cada vida cuenta igual, de modo que salvar a cinco en lugar de una reduce el sufrimiento conjunto. No es un cálculo frío, sino la expresión de que nadie vale más que otro: por eso se prioriza rescatar al mayor número. Esta decisión respeta el principio de minimización de daños y la responsabilidad de actuar ante riesgos concretos y comparables.
La omisión no es moralmente neutral cuando podemos evitar un daño grave con una acción razonable.
Dejar correr el tren sin intervenir no borra nuestra agencia, la desplaza hacia la pasividad culpable. En muchas tradiciones morales y jurídicas, permitir un mal grave evitable cuando podemos impedirlo sin un coste desproporcionado constituye una falta (piénsese en la idea de ‘omisión de socorro’). Asumir la palanca es hacerse cargo de esa responsabilidad: si puedo evitar más muertes, no hacerlo me hace corresponsable del saldo final. La ética de la responsabilidad exige responder a las consecuencias previsibles, no escudarse en la comodidad de no tocar nada.
La doctrina del doble efecto respalda mover la palanca: se pretende salvar, no matar.
La intención moralmente relevante en este caso es rescatar a cinco, y la muerte de uno es un efecto colateral no deseado, no el medio por el que se logra el bien. Esa distinción entre prever y querer es central para evaluar acciones trágicas. Si no existe alternativa menos dañina y el acto es proporcional, el doble efecto hace permisible intervenir. Al tirar de la palanca, no instrumentalizamos a nadie; evitamos un mal mayor aceptando, con pesar, una consecuencia secundaria.
La convergencia entre intuición pública y prácticas de emergencia favorece la palanca.
Los estudios de psicología moral sobre el dilema del tranvía muestran que, en la variante de la palanca, una gran mayoría —a menudo entre el 80% y el 90%— elige desviar el tren. De modo análogo, protocolos de triaje en medicina de catástrofes buscan maximizar vidas salvadas o años de vida, reflejando un principio de minimización de daños. Esta sintonía entre evidencia empírica e instituciones prácticas sugiere que la opción de intervenir no es un capricho utilitarista, sino una norma compartida para contextos de escasez y riesgo. Los números no deciden por sí solos lo correcto, pero aportan respaldo intersubjetivo a una regla que preserva más personas.